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[Vilenica (SI), 2001]


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DESCRIPCIÓN ES REVELACIÓN

- En torno a la poesía de Hans van de Waarsenburg -

PURA LÓPEZ COLOMÉ

Trilce Ediciones:
Hans van de Waarsenburg Paisajes marinos y otros poemas: 1980-2000, enero noviembre 2004

No toda la poesía muestra esta máxima en calidad de luminaria si bien, curiosamente, la más alta expresión no la abandona nunca. La frase es de Seamus Heaney, quien conoce el proceso creativo a fondo y, a consecuencia, ha escrito inmejorablemente acerca de sus íntimos resortes. No sé si deliberadamente, la poesía de Hans van de Waarsenburg (Helmond, Holanda, 1943) siempre ha aspirado a ello; diríase que, en su quehacer, ha hecho las veces de una especie de brújula segura rumbo a una evolución franca en el marco de sus muy peculiares terrenos literarios. Por eso, en este caso, resulta interesante ver el recorrido, por vía antológica, de este marinero en tierra cuyo barco no ha zarpado ni zarpará: se enfrentará a mareas benignas, a trombas y borrascas desde un profundo anhelo, un deseo de rasgar el velo entre marea alta y marea baja para así entender la escala humana, el amor, el sufrimiento, el tiempo, la contingencia, el péndulo de la necesidad y su satisfacción, los espejos y espejismos que habitan entre espiritualidad y carnalidad, mediante escenas simbólicas captadas por los binoculares de este capitán, anclado a las rocas y las costas de su tierra madre.

        Como poeta -y qué otra cosa podría ser quien a ratos confunde el catalejo con el caleidoscopio-, Van de Waarsenburg es profundamente holandés, nórdico; hace de la geografía que lo rodea, de los paisajes en ínsulas, bahías y costas, lo mismo que en los de las granjas de su niñez o el jardín de su casa, una lente inquebrantable, certera, que lo ayude a esclarecer el intersticio, la entrada oculta al otro plano de nuestra realidad objetiva. No creo que resulte un lugar común a secas o una actitud reduccionista meramente superficial hablar de "lo holandés" identificándolo con una actitud que parte de los panoramas y los climas que rodean a un escritor así. El realismo característico de la tradición a que pertenece siempre lleva al clima por delante, pues todo tiene que ver con él: el modo de vivir, la prudencia, las expresiones del habla cotidiana, el sentido de la previsión (Henriette Colin, en su ensayo introductorio a la poesía de J. C. Bloem, nos aclara que Holanda es el único país en que existe un Ministerio del Estado del Agua, por ejemplo). Un clima tan adverso en ocasiones otorga a este sitio, por ende, una luz muy especial, transparente y rembrandtiana, que despierta un interés sensible por los matices de la realidad exterior e interior. Bloem (1887-1966), predecesor de Van de Waarsenburg, dice de manera bastante típica:

Sube y baja la marea, ¡con tal regularidad!
¿Qué eres corazón, por qué el temor,
A sabiendas, porque sabes, que la primavera es un alivio,
Corazón resplandeciente, como la marea, preciso, corazón?


        Van de Waarsenburg padece la vida holandesa, de cierta manera condicionada por la niebla, la monotonía, el austero y bien reglamentado modo de conducirse; baste su confirmación en poemas dedicados al modo de vivir de otras latitudes, donde el agave azul y el tango, emblemáticamente hablando, propician una manera de relacionarse con el mundo mucho más basada en el cuerpo y la sensualidad. Sin embargo, él no busca romper con ella; nunca se abandona a otras exuberancias, colores, magias tropicales con tal de renovar o dar originalidad a su obra. Prefiere en general, como guiado por un fatum íntegramente nórdico, la congruencia de lo suyo: en su tristeza, su nostalgia, no hay resignación sino auténtica melancolía beligerante, un espíritu intelectual y emocionalmente pesaroso, mas pleno de esperanza. Digamos que su palabra lleva una fuerza propia que no necesita ornamentación, sino riesgo, atrevimiento y precisión para dar en el blanco, para intensificar la percepción:

A través de los campos, más allá de la mitad
De la vida, las sombras de los senderos.
Los cambios de la tosca luz del mediodía.
Con una pluma en la garganta, observa

A las cosas dar tumbos lentamente. A través de los campos
La palabra se abre paso, tan lentamente que el sonido
Se pierde a sí mismo, se disuelve entre la bruma
Por los campos de rastrojo. ¿Y el caminante? [...]


La forma: nervio óptico

        Van de Waarsenburg ha ido viajando del verso corto al verso largo, constantemente guiado por una gran mesura. A mí me gusta llamarlo una especie de poeta oriental hiperbóreo, si cabe semejante cosa: un creador del haikú de los Países Bajos. Es decir, no poseen sus poemas el rigor métrico del haikú, pero sí son lo suficientemente cortos como para compartir con él la proyección de un poderoso sentido del lugar humano dentro del cíclico y ritual movimiento del mundo; de un momento captado y comunicado con pureza, gracias al doble filo del sentimiento de un autor jamás ausente, que de tan personal se vuelve impersonal. Sostenía Basho que el secreto de la poesía estaba en hollar el sendero entre la realidad y la vacuidad del universo. Van de Waarsenburg sigue estos lineamientos, con una brevedad no de maestro japonés, sino de maestro germano; su espíritu tutelar, para ser consistente, podría ser Heinrich Heine: el moderno poeta holandés partirá de estructuras tradicionales dándoles, originalmente, una savia distinta, casi zen:

Movimiento

Descanso
Para las velas

Hasta que la calma
Vacile en el viento

El movimiento
Se alza despacio

El cuchillo
Se afila

Para que las nubes
Zozobren

        Dentro de este modo poético circunscrito, echa mano de múltiples recursos, sin soltar el hilo de un cuidadoso, serio y cabal empleo del lenguaje. En ningún caso nos topamos con una transgresión lingüística o sintáctica convencional, un porque sí del desafío. Van de Waarsenburg pretende, en cambio, otorgar circularidad al todo del poema, por un lado, y a los versos como tales, por otro, con objeto de imbuirles la misma vida significativa. Así pues, no sólo en imágenes se logra que el sueño sea igual a una fotografía, sino que por medio de los dos puntos o los versos repetidos (como en el caso de la secuencia titulada "Sentados a la mesa" o las "Descripciones del lago") todo es igual a todo: un solo contenido en distintos momentos de percepción; de nuevo, esa oriental manera de llegar a la naturaleza verdadera o esencial del objeto observado gracias a una concentración que borra las fronteras entre el ojo y lo visto, panorama interior y exterior:

En la descripción del lago
Olvidas las montañas, los árboles
Y el agua. Los barcos están ahí
Volcados sobre la arena.
La isla es un espejismo.

En la descripción del lago
Los peces, alegres, secan las lágrimas,
La roca se desmorona como el pan de centeno
En los nidos de antaño.

        La trayectoria que va del primer libro incluido en esta selección, que data de 1985, al último, del 2000, da noticia del desdoblamiento de una tercera persona, que se siente creadora de las escenas, concentradora de sus elementos, en un yo que se va esclareciendo poco a poco, desde su presencia en ciernes incluida en el nosotros, hasta la clara persona que escribe; y, por último, en el tú, que es el poeta mismo desmenuzándose con lupa, una conciencia crítica sin complacencias ("....Tu doble/ Que posa la mano/ Sobre la tarde y enseguida/ El navío que se hunde, aceite/ Perdido en la noche"). Así, la tercera persona, él, que "mira el agua endurecerse/ como un vidrio, un cristal, un aguacero [que] ya no logra salvar nada" y que, sentada al lado del tiempo, "se ha vuelto tributaria", capaz de verlo todo perdido de antemano, caduco al nacer, destinado a la precariedad y la nada, se va transformando, primero, en un yo niño (que aún pertenece a esa tercera persona) que no representa más que la esfera del recuerdo, de un pasado de inocencia y nitidez de ida, intacta, y después en un yo adulto perdido, abandonado, a la deriva, que suplica (como una verdadera criatura indefensa, sollozante) una salvación, acaso una redención:

...Palabras
No dichas, suprimidas, abandonadas en las dunas,
Sobre las playas. Acaso, dijiste,
Haya travesías por realizar en soledad,
De no existir el tiempo ni la necesidad. Pero dondequiera
Que llevaran los caminos, los barcos llegaban y yo
Buscaba tu rostro en cada puerto.

        Y ¿qué es la forma, ese estilo merced al cual, a cuya prestidigitación se logra la comunicación de los misterios, sino un espejo de ese contenido? A las pruebas habrá que remitirse, las de los grandes. Dice el último Nobel irlandés al respecto, en su discurso de recepción de semejantes laureles: "La forma poética es tanto el barco como el ancla. A un tiempo, flotabilidad y estabilidad, algo que permite la gratificación simultánea de lo centrífugo y lo centrípeto en mente y cuerpo. [...] La forma del poema, en otras palabras, resulta crucial para el poder que tiene la poesía de realizar eso que le da y siempre le dará certidumbre como tal: el poder de persuadir a esa parte vulnerable de nuestra conciencia de su bondad, a pesar dela evidencia de maldad a todo su alrededor; del poder de recordarnos que somos cazadores y recolectores de valores, que nuestras mismas soledades y congojas son dignas de certidumbre, en tanto que son, también, una prenda de nuestro verdadero ser humano".

El fondo: proyector de cuerpos melancólicos

        No espere el lector en esta poesía imaginación fantasiosa, ni espejos irreales: hallará, sí, una exigencia de que la metáfora revele su carne -no que un Verbo se haga carne-, una necesidad de reventar la banda temporal hacia atrás y hacia delante: que el pasado y el futuro se cifren. Groenewegen, uno de los críticos más recientes de la obra de Van de Waarsenburg, afirma que hay en el fondo de esta palabra un deseo mesiánico de curación. En efecto, el poeta insiste en la transitoriedad como condición de la maravilla; el único alivio posible a la certeza de que todo ha de pasar es que no se ha de perder. Si bien en el pasado, afligido, concebía al ser humano como "este catafalco de pena primordial/ esta llaga abierta erosionada una marea tras otra", ya en la madurez, se ha acercado más al gran esquema de las cosas, más allá de una (o de su) humanidad transitoria. No hay que ir lejos en busca de los signos apropiados; él sabe que ninguna ficción, deformación o artificioso desentrañamiento manifestará los contenidos trascendentes que busca. Y aquí vuelvo a la frase que da título a esta introducción: de la descripción surgirá la realidad transfigurada, así como del silencio más profundo, el canto más elevado; de lo físico, lo espiritual, y de la voz propia, la capacidad de salir de nosotros mismos (aunque sea unos instantes...). Serán los alimentos que nutren y complacen, que salvan y redimen razas enteras, el espárrago, la papa, símbolos de ciclicidad, del motivo misterioso e imposible de desentrañar pero existente, las claves de un perpetuum mobile:

...La mesa larga, la comida, la tarde. Velas
Y la brisa acariciante. La plática, palabras delicadas
Y la sonrisa del vino. Nada, sólo esto

Al borde del tiempo, en los terrenos de la vida
Espárrago, espárrago, cuerpo y alma
Que purga, disuelve. El olor de la noche eterna.

        Cada vez que atestiguo y vivo el poder de la metáfora, vuelve a resonarme por dentro el gong de I. A. Richards, cuya frase definitoria me esclareció de golpe, cuando era muy joven aún, por qué la explicación de un poema resulta un atentado a su integridad, a la pluralidad contenida en cada una de sus voces: lo que importa en el poema no es lo que dice sino lo que es. Por lo tanto, no se trata aquí de interpretar, resolver o glosar lo que existe per se. Octavio Paz nunca se cansó de afirmar lo mismo, a su manera, habiendo constatado, a lo largo de toda su vida, que la poesía es un hecho irreductible "que sólo puede comprenderse totalmente por sí mismo y en sí mismo". Los paisajes boscosos, marinos, holandeses e íntimamente personales de Van de Waarsenburg habitan esta esfera desahuciada del visionario:

Serpenteando por un paisaje
De nabinas y bosques sombríos.
Muerte. Depresiones nubladas
Enfilándose entre las rocas.
Las tinieblas de siempre
Y la isla de la cual alguien se cuelga,
Como un ahogado
A bordo de un navío.
Y allá arriba, los relámpagos.


Trilce Ediciones: Hans van de Waarsenburg Paisajes marinos y otros poemas: 1980-2000, enero 2004

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